Permitirse empezar sin tenerlo todo claro
¿Cuántas cosas dejamos pendientes porque todavía no nos sentimos preparadas? Una conversación, una decisión, una idea que nos gustaría compartir. A veces sabemos qué queremos hacer, pero seguimos esperando a sentir más confianza, a encontrar las palabras adecuadas o a tener la certeza de que saldrá bien.
Prepararse tiene sentido. Hay decisiones que necesitan tiempo, información y cuidado. La dificultad aparece cuando cada intento de empezar trae una condición nueva: un curso más, otra revisión, una opinión que nos confirme que vamos por buen camino. Siempre parece faltar algo, y lo que nos importa sigue esperando.
Puede resultar difícil reconocer ese momento porque, desde fuera, parece que estamos avanzando. Leemos, pensamos, hacemos planes. Todo eso puede ayudarnos, aunque también puede convertirse en una forma de aplazar la parte que nos expone: probar y descubrir qué ocurre.
Al empezar, aceptamos que habrá cosas que todavía no sabemos hacer. Que alguien podría discrepar. Que el resultado quizá no se parezca a lo que habíamos imaginado. Y si hemos depositado muchas expectativas en ese paso, un error puede sentirse como un juicio sobre nosotras.
Esto también aparece cuando aprendemos. Podemos entender una explicación y sentirnos torpes al llevarla a la práctica. Podemos necesitar preguntar algo que otras personas parecen haber comprendido enseguida. En esos momentos es fácil pasar de «esto me está costando» a «yo no sirvo para esto». Esa conclusión pesa y puede quitarnos las ganas de seguir intentándolo.
Conviene detenerse ahí y mirar lo que está pasando con algo de precisión. ¿Nos falta práctica? ¿La tarea es demasiado grande para abordarla de una vez? ¿Necesitamos que alguien nos explique una parte de otra manera? Son preguntas que permiten hacer algo con la dificultad. Tratarnos de incapaces nos deja con menos opciones.
También influye cómo nos hablamos. Hay frases que quizá llevamos tanto tiempo escuchando por dentro que ya ni las cuestionamos: «deberías saberlo», «a tu edad ya tendrías que…», «mira lo fácil que le sale a los demás». Podemos llegar a creer que esa dureza nos mantiene en marcha. Merece la pena observar qué efecto tiene en realidad: si nos ayuda a concentrarnos o si nos deja agotadas antes de intentarlo.
Podemos exigirnos un esfuerzo y, al mismo tiempo, tener en cuenta nuestras circunstancias. Un día con cansancio, preocupaciones o poco tiempo no ofrece las mismas posibilidades que otro en el que contamos con apoyo y energía. Ajustar lo que nos pedimos a lo que podemos sostener es una forma de cuidar la continuidad.
Para empezar, suele ayudar concretar. «Quiero cambiar mi vida» expresa un deseo, pero deja mucho por resolver. «Esta tarde voy a escribir a esa persona para pedir información» nos da una acción que podemos realizar. Lo mismo ocurre con un proyecto: quizá hoy podamos escribir un párrafo, enseñar un borrador o reservar un rato para trabajar en él.
Un paso pequeño tiene valor por lo que nos permite conocer. Después de hacerlo, contamos con información que antes no teníamos. Podemos descubrir que necesitamos ayuda, que habíamos calculado mal el tiempo o que esa actividad nos interesa más de lo que pensábamos. Incluso podemos darnos cuenta de que queremos cambiar de dirección.
Por eso, empezar también requiere permitirnos revisar. A veces nos cuesta dar el primer paso porque lo vivimos como un compromiso definitivo: si lo digo, tendré que cumplirlo; si lo intento, tendré que terminar; si elijo, ya no podré cambiar. Hay compromisos que tienen consecuencias importantes y merecen atención. Pero muchas decisiones cotidianas admiten ajustes. Podemos probar algo durante un tiempo y valorar después cómo nos está sentando.
Cuando una idea lleve mucho tiempo pendiente, podemos escribir qué nos gustaría hacer y qué nos frena. Conviene ser concretas: «me da miedo» puede convertirse en «me preocupa que alguien critique mi trabajo» o «no sé cómo organizarme para dedicarle tiempo». Cada dificultad pide una respuesta distinta. Algunas necesitan información; otras, una conversación o apoyo.
Después podemos elegir una acción que esté a nuestro alcance y ponerle un momento en la agenda. Al terminar, podemos preguntarnos qué hemos aprendido y qué necesitamos para continuar. Si el paso resultó demasiado grande, podremos reducirlo. Si apareció un problema, podremos atenderlo.
Habrá ocasiones en las que lo adecuado sea esperar. Necesitar descanso, recursos o mejores condiciones también forma parte de la realidad. Darnos permiso para empezar incluye poder decidir cuándo y cómo hacerlo, sin convertir cada aplazamiento en una culpa.
Tal vez haya algo que llevas tiempo queriendo intentar. Puedes acercarte a ello con lo que sabes hoy, sin pedirte que sepas resolver desde el principio todo lo que vendrá después. El siguiente paso puede ser suficientemente pequeño para caber en tu vida y suficientemente concreto para enseñarte algo.
Brigitte Blandin



